Septiembre: ese mes al que le encargamos nuestra vida
Hay una persona en la que confiamos muchísimo.
Muchísimo.
Es organizada.
Tiene fuerza de voluntad.
Come sano.
Hace ejercicio.
No pierde el tiempo mirando el móvil.
Pone límites sin sentirse culpable.
Medita.
Responde los WhatsApps.
Ordena los armarios.
Empieza proyectos.
Y, si hace falta, aprende italiano.
Esa persona somos nosotros.
Pero en septiembre.
No sé qué tiene septiembre, pero cada año le entregamos una lista de tareas bastante considerable.
En septiembre me organizo.
En septiembre vuelvo al gimnasio.
En septiembre empiezo ese proyecto.
En septiembre retomo la meditación.
En septiembre cuidaré más de mí.
En septiembre…
Y mientras hacemos esa lista imaginamos una versión futura de nosotros mismos que, por alguna extraña razón, será bastante mejor que la actual.
Lo curioso es que esa persona todavía no existe.
Y, sin embargo, confiamos más en ella que en la que somos hoy.
Y eso siempre me hace sonreír.
Agosto, esa sala de espera
A veces tengo la sensación de que vivimos agosto como si fuera una sala de espera.
Como si la vida estuviera en pausa.
Como si este mes no contara demasiado.
“Ya en septiembre…”
Es una frase que escucho muchísimo.
Ya en septiembre empiezo.
Ya en septiembre lo miro.
Ya en septiembre vuelvo.
Ya en septiembre me pongo.
Y, mientras tanto, parece que dejamos nuestra vida aparcada.
No digo que agosto tenga que convertirse en un campeonato mundial de productividad.
Bastante hacemos ya durante el resto del año.
Descansar también es importante.
Aburrirse un poco también.
No hacer nada también.
Pero una cosa es descansar.
Y otra muy distinta desaparecer de nuestra propia vida.
Hay algo que me llama mucho la atención
Confiamos muchísimo en la persona que seremos en septiembre.
Y muy poco en la que somos hoy.
Como si la de agosto fuera una versión provisional.
Una especie de borrador.
Cuando, en realidad, la única persona capaz de construir a la de septiembre es precisamente la de agosto.
No hay otra.
No aparece una versión nueva cuando cambia el calendario.
Llegamos nosotros.
Con el mismo cuerpo.
Las mismas dudas.
Las mismas resistencias.
Y, probablemente, el mismo cajón pendiente de ordenar.
El verano tiene algo que el resto del año no tiene
Yo siempre invito a las personas a seguir trabajándose también en verano.
Y no porque haya que llenar agosto de obligaciones.
Todo lo contrario.
Lo hago porque el verano tiene algo muy especial.
Tiene luz.
Tiene espacio.
Tiene otro ritmo.
Durante el año vivimos tan ocupados que muchas veces no vemos.
Reaccionamos.
Llegamos.
Cumplimos.
Pero no vemos.
En verano, cuando el ruido baja un poco, aparecen preguntas que durante meses habían estado escondidas.
Y no hacen falta grandes revoluciones.
A veces basta una conversación.
Una práctica pequeña.
Una pregunta que nos acompañe unos días.
Un paseo sin auriculares.
Diez minutos de silencio.
Algo muy sencillo.
Porque la transformación casi nunca empieza con un gran gesto.
Empieza con una pequeña decisión sostenida.
No esperes a septiembre para convertirte en alguien
Hay otra idea que me parece curiosa.
Creemos que para empezar un proceso hace falta estar mal.
Como si solo tuviéramos derecho a cuidarnos cuando algo se ha roto.
Esperamos a que el cuerpo proteste.
A que una relación se complique.
A que el trabajo deje de ilusionarnos.
A sentirnos completamente perdidos.
Y entonces sí.
Entonces buscamos ayuda.
Pero ¿y si no hiciera falta esperar?
¿Y si también pudiéramos crecer cuando las cosas van razonablemente bien?
¿Y si el cuidado no fuera una reparación sino una forma de vivir?
Creo que ahí cambia todo.
Porque dejamos de movernos solo por urgencia.
Y empezamos a movernos por elección.
La naturaleza no espera a septiembre
Los árboles no dejan de ser árboles durante el verano para volver a crecer en otoño.
La naturaleza nunca entra en una sala de espera.
Cada estación tiene su movimiento.
Su ritmo.
Su forma de crecer.
Nosotros, en cambio, tenemos la costumbre de dejar la vida aparcada.
Como si el calendario fuera a hacer el trabajo por nosotros.
Y nunca lo hace.
Quizá la pregunta no sea…
¿Qué voy a empezar en septiembre?
Quizá la pregunta sea otra.
¿Qué pequeño gesto puedo hacer hoy para que septiembre no tenga que salvarme la vida otra vez?
Porque, al final, septiembre nunca nos falla.
Septiembre hace exactamente lo que tiene que hacer:
llega.
Somos nosotros quienes, año tras año, le pedimos que resuelva todo lo que llevamos demasiado tiempo dejando para después.