blog

¿Y si el verdadero lujo fuera no estar disponible?

Desconexión digital: cuando hasta descansar necesita nuestra atención

Nos vamos de vacaciones para desconectar y lo primero que hacemos al llegar es preguntar por la contraseña del wifi.

Encontramos una puesta de sol espectacular y, antes de mirarla del todo, sacamos el teléfono.

Nos sirven un plato precioso y durante unos segundos nadie puede tocarlo porque todavía no ha sido fotografiado.

Y si tenemos que esperar cinco minutos en algún sitio, hacemos algo que hace no demasiado tiempo no hacíamos: sacamos el móvil.

Casi sin pensarlo.

Como si cinco minutos sin estímulos fueran un espacio demasiado grande que hubiera que rellenar inmediatamente.

Quizá por eso empieza a convertirse en un verdadero lujo algo que hasta hace pocos años era completamente normal:

no estar disponible.

Estar localizable se ha convertido en la norma

Hubo un tiempo —no tan lejano, aunque ya empiece a parecer prehistórico— en el que salías de casa y simplemente… salías de casa.

Si alguien llamaba, no estabas.

Si quería contarte algo, esperaba.

Si te perdías, preguntabas.

Y si quedabas con alguien a las ocho, procurabas estar a las ocho porque no existía el mensaje de las 19:57:

«Voy con diez minutos de retraso.»

Hoy llevamos una pequeña central de comunicaciones en el bolsillo.

Trabajo, familia, amigos, noticias, correo, redes sociales, fotografías, agenda, banco, mapas, conversaciones pendientes y probablemente algún grupo de WhatsApp que llevamos meses pensando en silenciar.

Todo está ahí.

El problema no es que exista.

El problema quizá sea la sensación de que tenemos que atenderlo todo.

Y además hacerlo rápido.

Porque hemos empezado a interpretar la disponibilidad como una forma de educación.

Si alguien nos escribe, sentimos que deberíamos responder.

Si vemos un correo, parece extraño dejarlo para mañana.

Si aparece una notificación, nuestra atención se va hacia ella aunque estuviéramos haciendo algo que habíamos elegido hacer.

Incluso descansando.

Hemos conseguido algo curioso: distraernos nosotros solos

Lo interesante es que muchas veces ni siquiera necesitamos que alguien nos interrumpa.

Lo hacemos perfectamente nosotros mismos.

Cogemos el móvil para mirar la hora y quince minutos después estamos viendo un vídeo de una señora organizando un armario en Wisconsin.

No sabemos cómo hemos llegado hasta allí.

Pero ahí estamos.

Y quizá este sea uno de los cambios más importantes de los últimos años: hemos perdido muchos de los pequeños espacios vacíos del día.

Esperar.

Aburrirnos.

Mirar por la ventana.

Caminar sin escuchar nada.

Sentarnos cinco minutos sin hacer absolutamente nada productivo.

Espacios que aparentemente no servían para nada.

Y que quizá servían para mucho más de lo que pensábamos.

Porque cuando no estamos recibiendo información constantemente ocurre algo bastante interesante:

empezamos a escucharnos.

Nos cuesta estar donde estamos

Podemos estar tomando algo con alguien y respondiendo a otra persona.

De viaje y pensando en qué vamos a publicar del viaje.

En una comida leyendo lo que está pasando en otro lugar.

Viendo un concierto a través de una pantalla mientras el concierto está ocurriendo delante de nosotros.

Es una paradoja curiosa.

Tenemos más posibilidades que nunca de estar conectados con cualquier parte del mundo y, al mismo tiempo, puede costarnos muchísimo estar completamente en el lugar en el que estamos.

Y esto no es una crítica a la tecnología.

A mí me parece extraordinaria.

Nos permite trabajar, aprender, encontrarnos, viajar, comunicarnos y resolver en segundos cosas que antes podían llevarnos horas.

No creo que la solución sea convertir el teléfono en el enemigo ni irnos veinte días a una montaña sin cobertura.

La cuestión, para mí, es otra:

¿seguimos eligiendo nosotros cuándo conectarnos?

Quizá el problema no sea el móvil, sino nuestra atención

Hay algo que cada vez considero más valioso: la atención.

Porque aquello a lo que prestamos atención ocupa nuestra vida.

No metafóricamente.

Literalmente.

Nuestra vida está hecha de aquello a lo que atendemos mientras está ocurriendo.

Y, sin embargo, entregamos nuestra atención con una facilidad sorprendente.

Una vibración.

Un sonido.

Una pantalla que se ilumina.

Una noticia que quizá ni siquiera nos interesaba cinco segundos antes.

Por eso me pregunto si el verdadero desafío no consiste tanto en aprender a desconectar como en recuperar la capacidad de decidir dónde queremos estar.

Porque desconectar también puede convertirse en otra obligación.

Ahora hay que hacer detox digital.

Apagar el teléfono.

Meditar.

Irse al bosque.

No mirar Instagram.

Y si después de tres horas vuelves a coger el móvil puedes sentir que has fracasado incluso descansando.

Tal vez no necesitemos otra disciplina más.

Quizá baste con empezar a observar.

¿Cuándo fue la última vez que…?

Esperaste sin mirar el teléfono.

Caminaste sin escuchar nada.

Comiste sin tener el móvil encima de la mesa.

Viste una puesta de sol sin fotografiarla.

Tuviste una conversación sin comprobar si había llegado algún mensaje.

Viviste algo bonito sin pensar en contarlo.

Incluso podríamos hacer una pregunta un poco más incómoda:

¿cuándo fue la última vez que nadie pudo localizarte durante un rato y no pasó absolutamente nada?

Probablemente el mundo continuó funcionando.

La gente resolvió sus cosas.

Los mensajes siguieron ahí.

Y tú también.

No todo necesita ser compartido

Hay otra cosa que me parece interesante.

Durante años hemos ido acostumbrándonos a documentar nuestra vida.

Una comida.

Un viaje.

Una reflexión.

Un encuentro.

Una celebración.

Un paisaje.

Y no hay nada malo en compartir.

A mí también me gusta hacerlo.

Pero a veces me pregunto si estamos perdiendo una experiencia preciosa:

que algo sea solamente nuestro.

Ver algo bonito y no enseñárselo a nadie.

Tener una conversación que no necesita convertirse en una frase para Instagram.

Vivir una experiencia sin pensar cómo quedará en una fotografía.

Guardar un momento.

No porque sea secreto.

Simplemente porque no todo lo vivido necesita convertirse en contenido.

Hay recuerdos que quizá adquieren una textura diferente precisamente porque nadie más estuvo allí.

Ni siquiera virtualmente.

El lujo de no responder inmediatamente

También podríamos recuperar algo bastante revolucionario:

responder más tarde.

No como estrategia.

No como técnica de productividad.

Simplemente porque estábamos haciendo otra cosa.

Parece pequeño, pero contiene algo importante.

Significa recordar que no todo lo que llega a nuestra pantalla adquiere automáticamente prioridad sobre aquello que ya estaba ocurriendo.

La persona que tenemos delante.

El libro que estamos leyendo.

La comida que estamos disfrutando.

Nuestro paseo.

Nuestro silencio.

Incluso nuestro aburrimiento.

Estar disponible permanentemente puede parecer libertad.

Pero también puede convertirse en una forma bastante sofisticada de no pertenecernos del todo.

Quizá desconectar sea algo mucho más sencillo

No necesitamos desaparecer.

Ni abandonar las redes.

Ni volver al teléfono de rueda.

Quizá podamos empezar con cosas bastante menos heroicas.

Dejar el móvil en otra habitación de vez en cuando.

No llevarlo siempre en la mano.

Permitir que una notificación espere.

Salir a caminar sin auriculares.

No fotografiarlo todo.

Mirar a alguien mientras nos habla sin que una pantalla permanezca entre los dos.

Y recuperar algunos de esos espacios aparentemente inútiles en los que no está ocurriendo nada.

Porque quizá allí sí esté ocurriendo algo.

Estamos nosotros.

Sin una pantalla reclamándonos.

Sin otro lugar al que acudir.

Sin otra conversación esperando.

Sin necesidad de saber qué está pasando en ninguna otra parte.

Solo aquí.

Y quizá, en un mundo en el que podemos estar disponibles para todo el mundo prácticamente todo el tiempo, el verdadero lujo empiece a ser poder decir: ahora mismo, no.

No porque haya algo más importante que hacer.

Sino porque, durante un rato, esto que estoy viviendo ya es suficiente.